En este hombre me he convertido

Mi foto
Lectores, diré que mi vida gira entre la escritura de poesía, temas literarios para periódicos y revistas, crónicas y ensayos, además de gastar mis ojos en la lectura. En la puerta de mi apartamento siempre hay una maleta lista y aún no sé si es porque acabo de llegar o porque ya debo partir. Admiro a las mujeres -todas-. En cuestión de bebidas disfruto el ron con dos cubos de hielo, el tequila con sal y limón y el Old Parr seco. Si hablo de vehículos son los trenes quienes evocan en mí un pasado donde fui feliz y si hablo de las noches diré que las de Luna llena son propicias para los amantes y la pasión. Amo el fútbol, la literatura, el jazz, el rock, los cómics, el cine, los perros, las lagartijas, el mar y las grandes ciudades. Soy guardián de mis amigos aunque ellos no lo sepan. Creo en el amor y en la lealtad y dudo que exista la fidelidad. Aún así soy hombre de fe. He publicado libros de poesía, crónicas y ensayos. Mi trabajo literario ha recibido premios en Colombia. Los poemas que he escrito hacen parte de antologías en países como México, Argentina, Uruguay, Chile y Colombia. Continúo escribiendo.

martes, 22 de mayo de 2012

Jim Morrison, El rey Lagarto vive

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Pequeño tributo 40 años después de su muerte

Después de ser un ídolo, famoso, atractivo, peligroso, temerario y estar en la cima de su  carrera musical, Jim Morrison huye del estrellato para buscar un espacio respetable en la escena literaria. Decide centrarse en lo que considera su verdadera vocación: la Poesía.

No soy el más experto en rock, tampoco conozco plenamente la historia de las bandas de rock gringas, pero si soy un devoto lector de poesía y en esa lectura no hay barreras de idiomas o de años, así que en esta página quiero rescatar o mejor recordar a un poeta americano que bien pudo pertenecer a la Generación Beat, o ser considerado un verdadero poeta maldito, pero sus fans decidieron que brillara como una estrella maldita del rock, como todo un rock star.
Hablo de James Douglas Morrison Clarke, El Rey Lagarto, el vocalista, el líder y sex symbol de la banda The Doors, quien en la noche del 2 de Julio de 1971 tras una mezcla de licor, drogas, ideas poéticas en su cabeza, insomnio, y tos decidió darse un baño de agua caliente para nunca más despertar. A la mañana siguiente fue hallado muerto por su compañera Pamela Courson en la bañera de su apartamento en Paris. Una muerte nada extraña en el mundo del rock. Así se cuenta con más o menos detalles la desaparición del último poeta maldito del rock.
Nada extraño, repito, si hablamos del rock star en que se había convertido. Pero Jim Morrison ya no era (en ese lejano año del 71) un cantante de la banda norteamericana más célebre del momento, tal vez, la única que podía competir con The Beatles o Rolling Stones, él había huido de la fama, del delirio y de sus fans para buscar en Paris al poeta que llevaba dentro.


Después de ser un ídolo famoso, atractivo, peligroso, temerario y estar en la cima de su carrera musical, Jim, huye del estrellato para buscar un espacio respetable en la escena literaria. Decide centrarse en lo que considera su verdadera vocación: la Poesía. Para ello bucea en los sonetos del siglo XVIII, las obras de Baudelaire, Rimbaud, Huxley, Nietzche, Kerouac, Lautreamond y su favorito William Blake, de cuyos versos dicen los entendidos proviene el nombre de su banda, los versos rezan: 


Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito.


Bajo su nombre real, el de James Douglas Morrison Clarke, comienza a publicar sus libros de poemas The Lords y The New Creatures, tiempo después aparece su poemario Ode to L.A. pero nunca logra el sitio que esperaba en el mundillo literario norteamericano.


Lectores, la justicia poética existe y ahora sus libros son textos de culto. Se han traducido a mas de 30 idiomas y se elaboran tesis doctorales sobre su breve obra literaria. 


Con los años el poeta se va imponiendo sobre el músico que lo eclipsó. Los dejo con uno de sus poemas estelares. Una oración americana


            ¿Conoces el cálido progreso
               bajo las estrellas?
            ¿Sabes que existImos?

Has olvidado las llaves
del reino.
Acabas de nacer
¿y estás vivo?

Reinventemos los dioses, todos los mitos
de los tiempos.
Celebremos símbolos desde el profundo y antiguo bosque.
(Has olvidado las lecciones
de la antigua guerra)

Necesitamos grandes y doradas cópulas.
Los padres están ocultos en los árboles
del bosque.
Nuestra madre está muerta en el mar.

¿Sabes que estamos siendo conducidos
a matazas por apacibles almirantes?

¿Y que gordos y lentos generales están siendo
obscenos en sangre joven?
¿Sabes que estamos siendo manejados por la televisión?
La luna es una bestia de sangre seca.

Bandas guerilleras hacen rodar números
en el siguiente bloque de verde vid
acumulado para guerras sobre inocentes,
pastores que solo están muriendo.

Oh gran creado del ser
concedenos una hora más para
realizar nuestro arte
y perfeccionar nuestras vidas.

Las polillas y los ateos son doblemente divinos
y morir.
Vivimos, morimos
y la muerte no termina con esto.
Nos hace viajar hacia la
Pesadilla,
aferrarnos a la vida.

Nuestra pasión florecerá.
Aferrarnos a coños y pollas
de desesperación.
Conseguimos nuestra visión final
por aplauso.

La ingle de Colón se
llenó de sangre verde.
(Toqué su muslo
y la muerte sonrió.)

Nos hemos reunido dentro de este antiguo
e insano teatro.
Para propagar nuestra ambición de vida
y escapar de la sabiduría que invade
las calles.

Los graneros son asaltados
Las ventanas se mantienen
Y solo uno de todo el resto
para bailar y salvarnos
con burlas divinas
de palabras.

La música inflama el temperamento
(Cuando los verdaderos asesinos del Rey
son dejados correr libremente
mil Magos surgen
en la Tierra)

Dónde están los banquetes que nos prometieron
Dónde está el vino,
el nuevo vino.
(Muriendo en la vid)

  • Publicado en Papel Salmón, diario La Patria, Manizales. 2012
  • Imagen de la carátula del libro Una oración americana. Antología poética. selección y prólogo de Federico Díaz-Granados.

jueves, 17 de mayo de 2012



De un hombre que suele saltar al vacío II

Yo conozco de hospitales y de cuartos de hotel donde huele a muerte o a mujer y también de amigos a quienes llamé hermanos y poco a poco me echaron al olvido.
Con los días escribo sin dar importancia a la belleza que se acostó junto a mi cuerpo en un camastro de hostal, ni a la mujer que escapó -por una noche- a su rutina de esposa y madre ejemplar para amanecer, pasada de copas, en mi cama y despertar un poco ebria, un poco feliz, un poco arrepentida…
Yo, sé de esperas en estaciones, aeropuertos, terminales y muelles a donde llega la noche para decirme que el futuro no tarda en llegar.
Todo eso queda atrás, igual el saber que fui el hazme-reír de un puñado de fracasados que se retorcían al ver en mi a un hombre de fe capaz de convertir mi oficio en ministerio.
Y lo dejo atrás, porque hoy -cuando la vida me deja ver sobre su hombro- camino al encuentro de una mujer que cree en mí y que me espera. Una sencilla mujer de provincia que tiende su mano para recogerme.
Y eso, señores, es un paso seguro en medio del vacío en que me muevo.

JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS
Del libro Balada del Extravío

lunes, 30 de enero de 2012

BREVES POEMAS DE ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ. 1959-2002


Orlando Sierra Hernández
1959-2002
In memoriam

DE COREA CON AMOR
Entonces fue un regreso algo glorioso.
Debajo de tus condecoraciones
eras un héroe más con una pierna menos.
Ciertamente nada te pareces
a aquel que me sonríe
al lado de una muchacha extraña
en una fotografía de estrategia.
Ella –que nunca habló tu idioma-
permaneció contigo en una noche de tregua.
Hoy –tú te lo imaginas-
esas cartas que llegan de tanto en tanto
con sellos y estampillas de un “te espero”
hablan a tu recuerdo de un país muy lejano
y de un hijo sin padre que vive como todos
comiendo o no una ración de arroz.


A LAS PUERTAS DEL CIELO
Fraguar una nueva leyenda en tu cuerpo tantas
veces visitado
Detenerse de nuevo en cada lugar
Y contemplar con el renovado interés del turista
que regresa
a aquellos parajes que antaño guiaban tus
manos
Detenerse, repito, en el siempre abierto asombro
de tus carnes
y
penetrar luego como hombre que ya conoce
el rumbo
hacia la emboscada de tus muslos
armado
para el intacto ritual de antes de la última tregua.

lunes, 29 de agosto de 2011

La Mano de Dios y El Gol del Milagro



Tercer partido
Sede México
Visitante
En los años ochenta, recuerdo, Padre me hizo un regalo fabuloso, no era el balón Mikasa No 5 que esperaba de navidad, porque ese ya me lo había traído el niño Dios hacia un par de navidades atrás, el regalo fue llevarme una tarde de domingo al Estadio, el templo donde millones de fanáticos profesan una nueva religión la cual desconocía a mi corta edad. El desaparecido Estadio Fernando Londoño fue entonces mi nueva capilla. De la mano mi Padre y de esta visita al templo donde se jugaba fútbol de manera profesional surgió mi segundo amor, el cual llegó vestido de blanco. Por vez primera -a mis diez años- asistía al estadio a ver jugar al Cristal Caldas, ese era el nombre del equipo de mi ciudad en el 83- y un hombre -argentino como supondrán- se volvió mi ídolo. Ese hombre era Carlos Alberto Munutti, el portero de los blancos, de los albos, del Cristal Caldas. Ya no había como sacar esa llama que ardía en mi pecho. Nada podría extinguirla y yo  estaba dispuesto a demostrar que nada ni nadie la podría apagar
Entonces con la pasión ardiendo dentro de mí llego ese inolvidable mundial de fútbol de México 86.
Corría la mitad de la década de los ochenta ya Michael Jackson era ídolo musical y rey del pop, Superman Dos llegaba a las pantallas y yo con trece años y con imágenes imborrables en mi memoria a causa de la  violencia narcoterrorista, el M-19 y la Toma del Palacio o el Volcán Galeras del Nevado del Ruíz conla infinita agonía de Omaira Sánchez me disponía por tercera vez a ver en mis vacaciones escolares de junio y julio un nuevo evento del mejor deporte del mundo.
Esta vez el país de los héroes del cine con que creció la generación de mi padre, es decir el cine mexicano sería la sede. Pique, la mascota de este mundial, los sombreros mexicanos y el Estadio Azteca veían llegar a los once gladiadores de cada país. Y entre ellos llegaba Diego Armando Maradona, quien ya había pasado por equipos como el Boca Juniors, el Barcelona y ahora militaba en el Nápoles. Tenía la edad justa para que el mundo, es decir la bobadita de mil quinientos millones de personas lo vieran convertirse en El Rey y yo, un muchacho de suburbio latinoamericano que habitaba una casa en la pequeña, pequeñísima ciudad de Manizales, sentado (ya) frente a un televisor Zenith -que marcas raras compraba Padre en cuestión de electrodomésticos- pude ver cada una de las inolvidables jugadas de El Diego y como no ser testigo del mejor gol de todos los mundiales; el que le anotó Diego Armando Maradona a Inglaterra cuando partió de la mitad del campo y se deshizo de siete rivales más el arquero y anotó para la Argentina y por supuesto fui testigo esa misma tarde soleada de mitad de año de La Mano de Dios.
Ahí mi alma se fue haciendo gaucha, ya tenía 13 años, despertaba al amor, a la vida y al fútbol el cual cada día jugaba mejor. Ya Maradona adornaba mis paredes blancas, ya no habría en adelante quien lo superara, a no ser que fuera argentino y por su puesto Diego Armando Maradona creó su propia leyenda. El  mundo del fútbol se rindió a sus pies, su nación también y fue declarado el mejor jugador del mundial y el balón de oro de ese año y de otros venideros. Yo que crecía en las calles de un país tercermundista llegué a hinchar hasta quedar sin voz en cada partido por esta selección hasta verla salir (por segunda vez en mi vida) campeona de un mundial de fútbol. Lamentablemente la de nuestro país era una selección del montón. No recuerdo el nombre de ningún jugador de la época excepto el del Willigton Ortiz y no recuerdo nunca un partido memorable durante los años ochenta.
Así terminé amando el fútbol y a la selección Argentina. Fue una década extraña, ya era hincha del Cristal Caldas en mi país, del Boca Juniors y del Barcelona F.C en el mundo, todo por culpa de Maradona, quien jugó en esos equipos y los hizo admirables para mí. Lentamente me preparaba para ver a mi próximo mundial de visitante, otra vez.



Cuarto partido

Sede Italia
Visitante

Podrán imaginar mi nueva camiseta para dar la bienvenida a la década de los 90 en el mundial de fútbol que se juagaría en Italia. Que creen azul y blanca con el número diez… pues no, es decir, no del todo; porque la fiebre del fútbol nació en Colombia ese año de la mano de Francisco Pacho Maturana, un odontólogo chocoano que nos llevó, después de 28 largooooooooos años, a una cita mundialista. Nuestra Selección Colombia fue uno de los 24 equipos que participaron de La Copa Mundial de Fútbol. Italia 90. Hicimos parte del Grupo D con Alemania Federal, Emiratos Árabes y Yugoslavia.

Iniciamos ganándole a Emiratos Árabes por uno a cero en Bolonia. Cinco días después perdimos ante Yugoslavia 1 x 0. Pero en un país acostumbrados a lo difícil debíamos supera al próximo rival para poder seguir soñando. Colombia tenía a El Pibe, no piensen en un jugador argentino, no señores, esta vez ese Pibe era costeño y se llamaba Carlos Valderrama su talento hacer magia en la cancha con la redonda, teníamos las zancadas de Freddy Rincón, la agilidad mental de Bernardo Redín y las manos de uno de los mejores porteros de todos los tiempos José René Higuita y con la fe del carbonero la selección empató 1 x 1 con Alemania un martes 18 de julio de 1990, era medio día y todo, todo, todo el país se paralizó.
frente a 72.000 espectadores en el monumental Estadio Giuseppe Meazza y ante cerca de dos mil milllones de televidentes el volente Freddy Rincón en tiempo adicional empató el cotejo con un tanto ante pase de Vladerrama, uno al que llamamos El Gol del MilagroAlemania saldría campeón y mi amada Argentina, con El Diego, venido a menos y llorando ante todo el mundo salió subcampeón. Nosotros no pasaríamos de los octavos de final por culpa de Roger Milla, pero no importaba nada. Habíamos llegado a un mundial. Mi país en un mundial, yo con 17 me quería comer al mundo y mi padre esa tarde lloró por primera y última vez delante de mío.
Desde ahí comencé a ver a la gente vestida con una camiseta de fútbol por las empinadas calles de mi ciudad, desde ese mundial la gente se pintó la cara con los tres colores de nuestra bandera, se pusieron manillas y relojes con los colores que nos identifican, cantamos canciones para apoyar a la selección, se hicieron muñequitos con los rostros de nuestros jugadores, los futbolistas ya no eran simples pataduras de barrio sino deportistas de élite que visitaban La Casa de Nariño y salían en las tapas de los cuadernos. La gente entonaba el Himno Nacional con respeto y orgullo y sabíamos que de ahora en adelante la cosa en América sería de respeto. Y así fue. Todo gracias a los once gladiadores que defendieron los colores amarillo azul y rojo de un país y lo defendieron con huevos y talento. Desde ese mundial el fútbol en Colombia sería otra cosa.
Debo ser sincero y decirles que ese año, 1990, con mi lejanos 17 años el fútbol me enseñó de amores, traiciones, infidelidades y llanto. Amé a la Selección Argentina desde los cinco, aún la amo como se ama el primer amor, no me la puedo sacar de la sangre. La traicioné con la Selección Colombia de 1990, esa amante que no esperaba en mi vida futbolística y que arde en mi recuerdo. Le fui infiel a mi amado Once Caldas con el Atlético Nacional de Pacho Maturana que salió campeón de la Copa Libertadores en 1999 y lloré en esa década con la pronta eliminación de nuestra Selección en el mundial de 1994 en Estados Unidos. Así que para saber de la vida tuve que aprender primero sobre fútbol. Pero esas son historias que contaré después. 

viernes, 26 de agosto de 2011

El Oficio de Escribir



Amigos, hoy quiero extenderles una invitación para que nos encontremos alrededor de El Oficio de Escribir, el mismo que me robó del Diseño Visual y del Fútbol para siempre. Este oficio al que me dedico desde hace más de 20 años.


Será una conversación de 50 minutos con la periodista cultural María Virginia Santander bajo la coordinación del área Cultural del Banco de la República en Manizales.

Inicios, anécdotas, autores amados como Villon y odiados como Cohelo, pasiones, odios, obsesiones y perversiones, vicios, viajes, amigos y enemigos, envidias y cariños todo esto que despierta un oficio como este de escribir.


La misión es -si deciden cumplirla- en la Nueva sede del Banco de la República. Manizales, martes 30 de septiembre a las 6 y 30 p.m.

Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos

lunes, 22 de agosto de 2011

El día en que conocí un héroe de carne y hueso



Fase eliminatoria.
Primer partido.
Sede Argentina.
Visitante.
 He amado el fútbol desde los cinco años. Suena absurdo pero es así o así creo recordarlo. Y hoy después de vivir el primer mundial de fútbol desde las gradas de un estadio, de sentir en vivo y en directo esta pasión que llevo hace 32 años dentro quiero hablar un poco sobre el apasionamiento que millones de seres en el planeta sienten por El Deporte Rey.  
En mi memoria va y viene una imagen en blanco y negro de un lluvioso televisor Toshiba de cuatro patas, color café y pantalla oval en el cual mi padre distraía los fatigosos días de trabajo cuando regresaba a la pequeña casa que teníamos en un barrio suburbano de Manizales. Padre, joven todavía, modificó su horario de laburo -como dirían lo argentinos- y pudo apreciar en ese junio de 1978 el mundial de fútbol de Argentina. Éramos cinco en la pequeña casa: madre, padre, dos hermanitas y yo que iba y venía de la sala a las alcobas jugando con una pelota violeta de caucho.
Entre mi ires y venires, Padre -una tarde- me subió sobre sus piernas y me concentró en la cajita mágica para que yo viera las imágenes de lo que sería mi primer mundial. Supongo que pronto me bajé de las firmes piernas de Padre y fui en busca de mi pelota, pero el daño estaba hecho y durante un mes creo recordar a mi viejo (en compañía de algunos amigos) sentado en la sala de la casa viendo el mundial en el televisor Toshiba a blanco y negó sin volumen y escuchado la transmisión que por radio hacia cualquier periodista deportivo. Ese fue un gusto de Padre: la imagen en tele la narración en radio.
En ese lejano verano de 1978 tengo una imagen inolvidable: Padre, tres amigos, Madre y yo sentados en la salita de la casa tercermundista frente a la pantalla de televisión. Los hombres tomando Freskola con cerveza Póker, el muy conocido refajo, Madre bebía Premio roja y yo tetero, si tetero (en eso años a uno lo dejaban tomar tetero hasta bien grandecito), y todos seis haciendo fuerza por La Argentina que era América en el mundial, y que se batía a muerte frente a la Naranja mecánica, la estupenda selección de Holanda. Yo tenía en la mano, no sé de donde lo sacaron, un Gauchito, la mascota oficial del mundial y gritaba como loco cada que los mayores -así los tratábamos en ese entonces- se paraban a gritar algo contra el juez o contra los jugadores. Mi casita, la misma donde pasaba los días en compañía de Madre, esa en la que jugaba con mi pelota de caucho o mis canicas de porcelana o mis carritos de madera estaba invadida por una pasión que yo desconocía pero a la que me uniría sin saberlo para el resto de mi vida.
Argentina salió campeón. Un héroe dio un poco de luz a una nación que oscilaba entre la dictadura de Videla y los desaparecidos por los milicos. Ese héroe no era un religioso, ni una estrella de cine, ni un político, ni un empresario exitoso, ni un rock star, ese héroe nacional era un peludo algo hippie llamado Mario Alberto Kempes, El Matador y yo vi -con estos ojos que han visto tanto- celebrar una nación entera un campeonato mundial de fútbol y vi el papel picado y los gritos de la tribuna y los goles y supe que nunca más mi corazón sentiría tal pasión por algo, me rendí ante el fútbol y el empezó a construir un camino dentro de mí.
Segundo partido
Sede España
Visitante
Luego tuve la suerte de ver el mundial de España 82, ya en una casa más amplia, mejor iluminada y en un mejor televisor a color, por fin el país había entrado en onda de la tele a color. En ese mundial descubrí que mi corazón sería albiceleste, mi recuerdo de aquel mundial anterior me hizo hinchar desde siempre por Argentina país que desconocía y que a mi edad pensaba que era un barrio contiguo al mío, además sería albiceleste porque de nuevo un muchachito peludo, barbado y bajito se robó mi atención, era Diego Armando Maradona el más argentino de todos. El Pelusa empezaba a figurar en el fútbol internacional pero ya mi alma de hincha -que no tenía diez años- aún seguía unos colores, un equipo, un hombre.
El Diego, como le dicen sus seguidores era un gran jugador en 1978 pero no fue seleccionado por Menotti en el mundial del 78 para Argentina, porque tenía solo 17 años. En el 82 ya tenía 21 años y era uno de los futbolistas más conocidos del planeta, con la prensa y la televisión que estaban hablando siempre de Maradona. Jugó un buen mundial, marcando dos veces contra Hungría, El Pelusa enseñó su clase de crack desde el primer partido. Maradona enfrentó a Brasil y a Italia. Argentina perdió el primer partido contra Italia y Diego fue marcado de una manera brutal, un tren de pata el hijue´puta le dieron a este nuevo ídolo y Maradona fue minimizado por la pata dura de los italianos. Luego Argentina perdió frente a Brasil y El Pelusa, explosivo -como es- fue expulsado. Así se acabó el torneo para Argentina y para Maradona. Mi generación que nunca vio jugar a Pelé, solo sabíamos de él por los comerciales que hacía para Coca-cola y Master Card, y desde ese año empezó a conocer un nuevo ídolo. Uno de verdad de carne y hueso y no del celuloide, uno salido de los barrios pobres de Buenos Aires, uno que jugó a la pelota en canchas de polvo y calles rotas, un niño como cualquier niño de Latinoamérica que tenía necesidades, mala educación, hambre y ganas, muchas ganas. Ese ídolo se alistaba para ser el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Mis nueve años se alejaban. En mi cuarto entre pelotas, carros sin llantas, soldaditos y vaqueros de plástico estaban Gauchito y Naranjito las mascotas de los dos mundiales que presenciaba a mis cortos nueve años… dentro de mí la pasión por el fútbol crecía.
Es entonces cuando empecé a jugar fútbol en las calles descascaradas del barrio, en las canchas de tierra de la escuela y en las canchas de los parques. Todo giraba entorno al fútbol. La ilusión decembrina empezó a ser un balón de fútbol blanco con parches negros. Unos guayos negros, en el 82 nos se usaban de colores, y un uniforme azul y blanco, como el de mi ídolo gaucho. Mi corazón de hincha pelotas era albiceleste, mi héroe se llamaba Diego y mi mejor amigo sería la esférica.
Ya la fiebre del fútbol estaba en mi sangre y jamás saldría de allí. Lo que vendría sería la ratificación y los nuevos amores. 

domingo, 14 de agosto de 2011

Otra vez fuera de la ciudad que me espera

Y que hacer con el insomnio
huir
ignorar
traicionar
pero nunca
pero nunca 
aceptar
y
si
estas
atrapado
en la vigilia
de
una
amanecer
donde
el cielo
que va del blanco al azul
no es el tuyo
Y te sabes olvidado
entre paredes ajenas
y olores ajenos
y soledades ajenas
qué hacer
huir
ignorar
traicionar

martes, 28 de junio de 2011

Jazz Camp


Son las ocho de la mañana de un lunes soleado en junio. Manizales está despejada y la ropa de verano de sus habitantes empieza a verse después de un invierno atroz que devastó el país y afectó la ciudad. El color de la ropa, las gafas de sol, la piel al descubierto anuncian una tregua de agua. Yo camino sin prisa, con mis gafas de sol, mi ipod donde suena música de Bunbury, llevo en la espalda mi morral. Disfruto la mañana. 
Mi rumbo es el Auditorio Central de la Universidad Nacional, sede Manizales. Mi cita es extraña, asistiré por espacio de cinco días a un Jazz Camp. Nada más raro en mi mundo literario que un campamento musical. De niño acampé en lugares salvajes como el Silencio, un lugar a dos o tres kilómetros en el Occidente del corregimiento de Arauca, en el Sur del Departamento de Caldas. Era la selva virgen para un niño de doce años, esa sería la edad en que empecé a alejarme de mi casa para asistir a los campamentos de la tropa a la que pertenecía. Luego conocí La Carrilera, El Kilómetro 41, Peñas, El Salto del Cacique, Tareas, El Águila, La Esmeralda y un sinnúmero de sitios propios para acampar en vacaciones de Semana Santa o de mitad de año.
Eran tiempos difíciles para campistas, las carpas eran rústicas como nuestros utensilios de cocina o nuestras varas de pescar -hechas artesanalmente de bambú, nylon y anzuelos. El líder indiscutible era mi hermano de vida Pacho. En aquellos felices años ochenta nunca hubiera podido imaginar que existiría un campamento donde en vez de sobrevivir con lo necesario al lado de un caudaloso río, se asistiera para hablar  de música.
Pero si es de jazz debe valer la pena, pienso, mientras subo las escalinatas que me conducen al auditorio. En mi morral traigo simples herramientas de escritor mi HP, lápiz, papel y cámara fotográfica.
Al llegar el auditorio me parece más bonito que siempre. Lo adecuan para una semana dedicada al Jazz. La primera sorpresa me la llevo al encontrar cerca de cuarenta muchachos ya instalados en el auditorio. Parecen en su primer día de clase. Andan nerviosos, algunos dejan ver su ansiedad y otros se esconden lo mejor que pueden entre las múltiples sillas del auditorio.
De entrada saludo a Julián, un politólogo y estudiante del Centro Colombo Americano de Manizales (entidad encargada de liderar el Jazz Camp). Julián es el encargado del campamento B, donde me encuentro esta mañana. Es un tipo despierto, inquieto y previsivo. Tiene contralada la situación, como podrán imaginar estar rodeado de cuarenta muchachos no es una situación fácil. Él se entiende bien con los asistentes, que son niños y niñas entre los trece y diecisiete años. Todos son músicos en formación, son pilos, y están ávidos de aprendizaje.
Averiguo por el líder del taller. Aún no llega. Mientras llega el tema de conversación es la Segunda Temporada Internacional de Jazz y del Jazz Camp. El tiempo empieza a correr y pronto pasa una hora. Llevamos ese tiempo de retraso y el director del taller no aparece. Hay preguntas, silbidos y más preguntas. La tarea desenterrar al tipo para que inicie de una vez con el taller. Mi primera hipótesis, como es músico el hombre debe andar con resaca. El tiempo corre y empiezan las llamadas por celular -que hace desesperadamente Julián- en busca de auxilio. Las respuestas son simples: los músicos de la Uno Jazz Ambassadors de la Universidad de New Orleans (Estados Unidos), están alojados en el Reciento del Pensamiento Jaime Restrepo Mejía (en la zona industrial de la ciudad) y se encuentran instalando el Jazz Camp A, llegarán en minutos. Los muchachos no se calman y yo también, me sentí rodeado de animales a punto de saltar sobre Julián y sobre mí.
Ya relajados, empiezan a trabar amistad entre ellos. Hacen parte de colegios de la ciudad, de bandas estudiantiles, de orquestas universitarias y del Programa Batuta de Manizales.
Julián Andrés García Cortés, el facilitador de este Jazz Camp B, sabe cómo tratar a los jóvenes y mientras pasa el tiempo los hace llenar formularios, encuestas, reglamentos necesarios para el buen funcionamiento del taller. A esta altura los muchachos has dejado ver sus instrumentos, lo desempacaron para hacer lo que les gusta: tocar. Inmediatamente el ambiente cambia. Hay sonidos de vientos, de teclados, de cuerdas en el auditorio.
A pasado una hora y veinte minutos y desde el escenario observo a mi amiga Clara López de Estrada (Directora del Colombo Americano en Manizales), a Lina María Sánchez (Coordinadora Cultural) descender hacia nosotros en compañía de un hombre alto, fornido y con pinta de basquetbolista. Ese hombre es Allan Dejan JrSaxofonista, y quien será el encargado de orientar el taller.
Basta con su carta de presentación para saber que todo saldrá bien, que la hora y veinte minutos de retraso valió la pena. Llega invadido por la música y lo que quiere es enseñar, esa es su otra pasión: educar en la música. Viajó desde Nueva Orleans para decirles a estos cuarenta jóvenes que la música es un lenguaje universal, que no necesitarán idiomas, gramáticas, pronunciaciones o traductores. Ellos, como músicos, entenderán su lenguaje.
Cinco minutos más tarde Allan Dejan Jrestá en el centro del escenario rodeado por los cuarenta, que me recuerda a Ali Baba y los cuarenta ladrones, son jóvenes manizaleños que siguen sus indicaciones. La teoría y la práctica se mezclan. Allan les enseña sobre la historia del Jazz y del Blues, acompaña sus cuentos con la interpretación de su saxofón y aprovecha para que estos muchos interpreten ritmos de jazz.
Allan Dejan Jr., el director del taller, es uno más entre los muchachos de Manizales que asisten al campamento para ampliar y complementar sus conocimientos musicales. Disfruta con pasión la música y sabe transmitirla. Hay química entre él y sus alumnos y cada interpretación nos muestra que el taller va muy bien.
Yo que nunca he tocado un instrumento y muero de envidia cuando veo a mi hermano George tocar su bajo o su guitarra, pero que no puedo comprender la vida sin la presencia de la música siento que la vida me permia al hacerme partícipe de esta mañana musical y de los días que se me avecinan.
Ya lo  saben me entiendo con el lenguaje de las palabras pero evidencio esa comunicación entre el director y sus pupilos y se que igual pasa entre mis alumnos y yo en los Talleres que sobre creación literaria dirijo. Dejo de pensar pendejas y me concentro. Estoy sentado, agradeciendo a la vida por poder asistir a un Jazz Camp y escribir sobre él. La mañana se me va como el agua entre los dedos. Es hora de buscar comida me dice mi estómago y lo confirma Julián al cerrar el primer día del campamento
Dejo el auditorio y la buena música que nos trajo desde Nueva Orleans Allan. Son casi las doce y treinta del medio día. Salgo a la calle, está llena sol, universitarios y oficinistas. Mi estado de ánimo es otro, vengo de un concierto improvisado por Allan Dejan Jr. y su cuarenta alumnos y creo que nada malo puede pasarmeMañana asistiré al Jazz Camp A y tendré otra historia para contar. Un campamento de Jazz vale la pena no hay duda pero extrañaré siempre los campamentos al lado de una fogota,  un río y un guadual.


Foto: Guillermo Sarmiento.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El Rincón de los Castigos




Bajo el imperio de un invierno devastador avanza el año 2011, son cerca de las seis y treinta de la mañana del lunes veinticinco de abril, extrañamente en mi ciudad suramericana de Manizales, el sol ilumina el apartamento donde vivo. Antes de las seis de la mañana el sueño me abandonó y decidí emprender la misión personal de acabar las últimas páginas del libro Gabriel García Márquez. Una vida, la biografía más lograda, documentada y mejor escrita que se ha hecho sobre El Señor de Macondo, el genio literario colombiano del siglo XX, nuestro  Premio Nobel de Literatura o simplemente sobre Gabo, como lo conoce el mundo entero; la cual fue escrita por el académico Gerald Martín, el oxidado británico obsesionado con el manuscrito de esta biografía por más de diecisiete años.
Leyendo este libro colosal -que ronda las ochocientas páginas- uno dimensiona a nuestro autor de Aracataca en su plenitud, al hombre que reflejó la América Latina de mitad del siglo XX como ningún otro.
Pero hablo del acometido de terminar el libro, hoy veinticinco de abril, y lo he logrado. Leer ochocientas páginas es una empresa para muy pocos, pienso al ver el mamotreto sobre mi mesa de luz. Bajo el amparo benigno de la luz solar he llegado al final.
Me levanto, cerca de las siete y cuarenta de la mañana con el calor de la cama aún en mi cuerpo, avanzo hacia mi biblioteca, a la cual algún amigo llamó desparpajadamente librería clandestina por el volumen de libros que poseo, creo que llego a los dos mil quinientos títulos, repartidos entre mi pequeño apartamento y la casa de mi madre, y al llegar a las estanterías agradezco a la divinidad por los libros y por mis ojos para disfrutarlos.

Y ahí viene la idea de escribir esta nota. Me pregunto: cuántas noches han pasado para que hoy disfrutemos de uno de los mejores regalos del hombre para el hombre, cuánto siglos recorrieron los primeros escribas hasta hoy para iluminarnos, cual arduo ha sido el trabajo de artesanos para que el libro se conozca hoy en este formato sencillo.
Sentado en mi sofá, acompañado por mi jugo de naranja matutino y el ronroneo de  Jamie Collum en el minicomponente doy un recorrido a algunos lomos y sus títulos. 
Me vuelvo a ver veinticinco años atrás, en el colegio de la Arquidiócesis en el que estudié, me veo a las afueras de un salón en el tercer piso donde cursé séptimo grado, saliendo con el rabo entre las patas porque un profe de nombre Henry, si mal no recuerdo, me expulsó de su clase y me mandó al Rincón de los Castigos todo el resto de la mañana y, días después, todo el resto del año mientras su clase se dictara.
Recuerdan, los lectores de mi generación, cuál era ese rincón temido por todos?. Si, era ese… la biblioteca. Y cómo agradezco hoy a ese profe el haberme castigado durante ese año escolar. Leí tanto, tanto, poesía, novelas, cuentos y dibujé tantos mapas. Los motivos de la expulsión de su clase ya no los recuerdo, imagino mi desobediencia a órdenes que no tenían fundamentos. Eran otros años y nos regía una regla dictatorial que rezaba: no caces peleas ni con tus padres, ni con tus profesores. Ellos, aunque no tengan la razón, llevan las de ganar. Y yo siempre que veo algo que no estaba bien pues lo hago visible. Ese tipo de situaciones, por ejemplo, me hicieron perder todo un año el área de religión, que recuperé por mi buen promedio de materias. De corridas les cuento el motivo, que nunca olvidaré. En ese mismo año había llegado de capellán del colegio un sacerdote que recién se baja del avión procedente de Tierra Santa y que sería nuestro nuevo profe de religión y cívica. Y empezó así su clase:
-Hijos les traigo una reliquia sagrada, Es un trozo de madera de la Santa Cruz. Pueden besar este madero sagrado donde fue crucificado El Señor. Es milagroso.
Yo vi, con estos ojos, que el sacerdote extrajo de debajo de su sotana un cadena plateada, donde colgaba una especie de cofre pequeño también plateado, lo abrió y en el había un trozo de madera rústica de unos cuatro centímetros. Mis compañeros de clase, recuerden teníamos doce años, se apresuraron a hincarse y a bendecirse y en fila fueron -uno tras otro- besando el madero. Yo, con la naturalidad de un muchacho de doce años, le dije:
-                Padre, yo creo que lo tumbaron. Cómo cree que ese pedacito de palo hizo parte de la cruz        donde colgaron a Jesús hace dos mil años…
Imaginarán la respuesta.
Así que el motivo de mi reclusión el el Rincón de los Castigos era, supongo, más que merecido por parte del profe Henry.

El caso es que es a las bibliotecas, ese inagotable Rincón de los Castigos, a quienes quiero recordar en este texto. Todas ellas, las bibliotecas escolares, las de barrio, las públicas, las megabibliotecas, las privadas, las especializadas, las de parques, las históricas, las sagradas, las que quemaron los bárbaros, las digitales que aún no apropiamos como nuestras, las perversas, las de las cárceles, las universitarias, las de libros de supermercado, en fin todas las que contienen los libros que son en suma nuestra historia,
Hoy cuando atravieso los mejores años de mi vida, acompañado por amigos y pocos familiares, sin perro, sin jardín, sin hijos y sin esposa, no imagino otra vida posible sino a través de los libros. 
Yo no hablo sino que leo, decía el gran poeta andaluz Federico García Lorca, y yo quiero tomar esa palabras para mí. Días  atrás conté en una entrevista que me hizo el poeta Flóbert Zapata -para su blog- sobre un suceso que me dejó encerrado en una clínica por espacio de diez días, un accidente futbolístico digamos, y qué hubiera sido de mí sin los libros en esos largos días de exámenes y recuperación. 
Leía al poeta Robert Graves, me aventuraba igual con la lectura de una novela titulada La casa de Dostoievsky de Jorge Edwards y de repente me dí cuenta que no sólo yo acompañaba mis horas con las palabras e historias de otros, sino que muchos pacientes más empezaron a compartir su libros. eran novelas, libros de superación personal, libros de poemas, algunos títulos de exsecuestrados en Colombia y dos libros maravillosos El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y La Sagrada Biblia, que leían una madre para poder preguntarle al hijo sobre el libro según me dijo y un anciano que leía obsesivamente desde temprana edad respectivamente.
Si, los libros son luz y han abierto el camino del saber -siglo tras siglo- al hombre ahora vivimos una edad soñada, una en que la lectura no es de unos pocos sino de todos, una a pesar que las instituciones de gobierno sólo piensan en resultados económicos, en inversiones millonarias, pero debemos recordarles la importancia de las bibliotecas, Ahora que la corrupción ataca sin cuartel, yo ataco a esos individuos que piensan solo en generar ganancias y ganancias para apropiárselas después y se olvidan que una comunidad depende también de su saber, de su conocimiento y no solo de dividendos. Una comunidad sin libros es igual a una comunidad sin pan, decía Lorca..    
Hay que comer para alimentar el cuerpo y hay que leer y disfrutar del arte, (sea la música, la pintura, el teatro, la danza) para alimentar el espíritu. Eso ya lo hemos dicho tantas veces pero los países más ricos y desarrollados lo practican y ahí están liderando el mundo.
Un arduo y tormentoso camino han recorrido la escritura y los libros para estar aquí, en pleno siglo XXI, tan campantes habitando nuestras bibliotecas. Los libros desde sus inicios han sido amenazados, quemados, destruidos por catástrofes, excluidos, satanizados, escondidos, olvidados, perseguidos, desplazados porque ellos tienen el secreto de la libertad y la autonomía.

Contra las bibliotecas no han valido reyes déspotas, ni ejércitos, ni llamas, ni desastres, nos siguen iluminando y nada pueden hacer los tiranos que pretenden cegar la luz del conocimiento a los hombres.


Cada día hay mejores maneras de llegar al libro, las bibliotecas están en todas partes en un club, un restaurante, un supermercado, en la calles tristes de nuestros ciudades tercermundistas, en la playa, los parques, las cárceles, los hospitales, los suburbios, los elegantes conjuntos residenciales, en la comuna, en los edificios inteligentes, nos rodean los libros. Yo veo lectores en un puestecito de dulces de una esquina o en las plazas de mercado, los veo en terminales terrestres o aéreos, en las grandes ciudades o en los municipios más humildes, yo veo gente leyendo y veo libros por todas partes y sólo puedo decir que un hombre pude ser feliz en el Rincón de los Castigos.

El invierno a devastado nuestro país, pero a los damnificados les podemos regalar horas de lectura, ya existe esa campaña, porque si desde la lectura podemos reconfortar a los hombres, ellos las víctimas del agua, sabrán que no están solos que los libros, esos objetos simples como un lápiz y necesarios como un martillo, siguen viviendo entre nosotros…

Para: Amparo, Aliro y los demás que abren las páginas de los libros en Caldas

martes, 26 de abril de 2011

... Un niño tímido vestido de soldado, siempre perderá la batalla.



Es abril, la lluvia cae a horas dispares, una neblina densa arropa las madrugadas. Hace poco hablé con el viejo Pablo y con el señor Sabines. Ahora escribo para ti o por ti. Qué mas da, ellos igual sabían que lo haría. Escribo como quien lanza ese grito al saber que su equipo acaba de anotar un gol. Escribo como quien ha guardado tanto un beso que todo el cuerpo no es suficiente para protegerlo. Escribir en fin, porque así puedo estar con mis palabras más cerca de ti.

Aquí quiero contar una batalla, un largo viaje peligroso y dulce... y me digo: acaso el amor no es una batalla, un viaje peligroso y dulce. Y al hablar del amor se hace necesario este verso del maestro Jorge Luis el más argentino de los argentinos, su verso dice:

             Es el amor tendré que ocultarme o que huir.

Y vos sabes que una noche cualquiera el amor ataca por la espalda, a mansalva, y claro ya nada será igual…

Por ejemplo, salir con los amigos que arden en mis manos, ir al mismo bar cuando más alta esta la noche, tomar uno o dos tragos de ron con hielo para calentar la sangre y saber que no es lo mismo si vos no vienes con nosotros
Claro, ahí está la perversidad del amor, sin tu voz, sin tus ojos, sin tu liviana y cálida risa… las conversaciones en Juan Sebastián Bar ya no serán lo mismo.

Pero qué va, no sé vos... yo estoy convencido que vale la pena.  Hay que hacer del amor lo mejor que tengas, recuérdalo siempre a uno lo salva -al final- el amor y la poesía.

Y acaso, no es poesía salir a la calle en la mañana de un sábado con tú olor pegado en el rostro, la espalda, las manos, las infinitas manos con que te invento. Ese olor tan tuyo que se adhiere a mi cuerpo, mi ropa, mi aliento.

Sabes?, recuerdo a nuestro amigo Miguel Méndez, El viejo poeta cucuteño, cuando en uno de sus libros escribe:


Ando perdido pero jubiloso.
Confieso que no se a donde voy,
pero la alegría me delata.
Todos saben que vengo de tu cuerpo


Don Pablo, el hechicero austral, me escucho con tanta atención cuando hablé de vos, dije, por ejemplo:
   - A ciertas horas de la noche sus ojos parecen más vivos y a mí me da pavor pensar que ese brillo ilumine para siempre mi voz y mi palabra.

Don Pablo frunció el seño y guardo un silencio cómplice. En cambio el señor Sabines, ese gran amigo mejicano, que oficia la poesía desde la palabra misma, rió un poco -solo un poco- y me dijo:
- Mira guey,
Yo no lo sé, de cierto lo supongo
que una mujer y un hombre
qlgún día se quieren
se van quedando solos poco a poco.
Algo en sus corazones les dicen que están solos
cualquier día despiertan sobre brazos
piensan entonces que lo saben todo
Se ven desnudos y lo saben todo
Yo no lo sé de cierto lo supongo

Ahora el que frunce el seño soy yo. Guardo silencio. Sin embargo quiero escribir, escribirte y contarte cosas tontas como que el computador se enfermó. Alguien le contagio un virus. Mínimo mis sobrinos y sus reproductores de música. Ahora tiene fiebre, es decir se calentó y se rehúsa a abrir la boca, digo la pantalla, para ver que tiene. En fin, el caso es que mañana lo llevare al doctor de computadores, y que ni llore, porque lo que es Jorge lo va a vacunar. Ya verá … ya verá
Lo que quiero decirte, y no se cómo, es que el amor también se hace de las cosas cotidianas y vos lo sabes. Esta noche fría don Pablo y el señor Sabines me lo han repetido tantas veces. Yo no les hago caso, no escucho consejos -vos lo sabes-

Pero ahora en medio de la brisa, cuando la noche quiere ser madrugada y un perro callejero (de los que tanto me gustan) ladra a una Luna de invierno diluida en mi Ciudad Amarilla  me pregunto: ¿Por qué escribir sobre del amor?

Avanza la mañana y el silencio de mi apartamento se llena con un aguacero de sombras, he aprendido que el amor es frágil, es un niño tímido vestido de soldado que siempre perderá la batalla pero no la guerra.

Y con el canto del primer pájaro me pregunto: ¿Por qué escribí sobre del amor?

No lo sé… no lo sé.


Fotografía: Manizales desde La Catedral Basílica. Foto de Juan Carlos Acevedo R.

miércoles, 6 de abril de 2011

Un golpe de dados irrumpirá en el cielo. Tributo al maestro Mario Rivero. Envigado 1935-Bogotá 2009.





En esta hora opaca y lluviosa un vacío se instala adentro y oscurece el alma. Ya lo he sentido con los amigos Carlos Héctor Trejos, Orlando Sierra Hernández, Roberto Vélez Correa, Héctor Juan Jaramillo, María Mercedes Carranza y Eugenio Montejo.

Por eso es difícil hablar de los amigos, la ausencia, la oscuridad en que nos sume su abandono involuntario hace más complicado nombrarlos, llamarlos desde la luz como los amigos que han sido. Y el maestro Mario Rivero me hizo sentir uno de los suyos (quienes están cerca a mi lo saben). Es mucho más difícil hablar de ellos cuando han partido, cuando al final de la jornada no estarán para hacerme sentir sus palabras y sus gestos. Duele ser sincero con uno mismo pero el autoengaño no existe, y termino sabiendo que ellos son los inquilinos perpetuos de mi corazón.

Hoy Mario ha muerto. Una de las voces poética más importantes en nuestra historia ha callado. Ya su aguda visión como director de la revista de poesía mas respetada en Colombia -como lo es Golpe de Dados- no seleccionará autores y poemas para enriquecer nuestras lecturas. Ya su ojo crítico no nos recordará el renacimiento del arte colombiano a través de sus legendarios amigos Alejandro Obregón, Fernando Botero y David Manzur, por citar tres nombres entre muchos. Ya su olfato de sabueso para identificar la autentica poesía, y no dejarse engañar por quienes eligen el fácil camino del humor o de la falsa erudición en sus versos, no nos mantendrá alertas. Se ha ido el poeta, el gran poeta que fue y seguirá siendo a través de sus libros.

Hoy regresa la melancolía y los recuerdos con ella. Hace diez años la ciudad, mi ciudad, esta ciudad amarilla que habito lo esperaba con sus escritores, alumnos, profesores, y poetas (los consagrados, los marginales y quienes estábamos comenzando en el oficio). Se cumplía en Manizales la primera versión del Festival Nacional de Poesía que organizaba el Centro de Escritores paralelamente a los Juegos Florales. Sus directivas harían un homenaje a tres maestros colombianos: Rogelio Echavarría y los hoy ausentes José Manuel Arango y Mario Rivero.

Llegó la esperada noche en que no sólo los tendríamos en la ciudad sino que los escucharíamos leer sus inmortales versos. Pero Mario no apareció, alguna dolencia del pasado le jugó una mala broma y no pudo llegar a su cita con nosotros. Habíamos perdido una valiosa oportunidad de conocer y escuchar a uno de los perennes, a una leyenda de la poesía colombiana.

Sin embargo, Mario Rivero cumplía sus promesas. Al año siguiente estuvo de visita en la ciudad llenándola con sus poemas y su voz y sus historias y su monumental figura. Se realizaba la segunda versión del Festival de Poesía, bajo la dirección de los escritores Flóbert Zapata y Edgar González.

una mañana en una pequeña y antigua oficina en la carrera 23 con calle 21, en el centro histórico de la ciudad, cuartel desde donde organizamos ese exitoso festival número dos, el poeta Flóbert me dijo:

- Usted a leído a Rivero

- Si Flóbert, sí lo he leído, respondí mientras agregaba: Tengo una edición de su libro Baladas publicado en Bogotá, creo, por una Fundación alemana (Simón y Lola Guberk).

- Muy bien Juano, porque usted se va a encargar de atenderlo. Dijo Flóbert.

- Sentí un frío y dolor agudo en el estómago y palidecí... Qué podría yo hacer al lado de una de las grandes figuras de la poesía colombiana, si yo aprendiz de 22 años, apenas y podía escribir unos buenos versos y de la vida no conocía nada?.

Tuve la oportunidad de recibir y servir de guía al maestro Mario Rivero. Contaba con 22 noviembres encima y no conocía a ningún poeta que no hubiera nacido en este departamento. A esa edad yo apenas había publicado unos poemas de regular factura y tendría que "medírmele" a la tarea de acompañar durante el Festival a una de nuestras figuras literarias más reconocidas en el mundo de habla hispana.

Así fui descubriendo al gran poeta Rivero, al afamado crítico de arte, al cantante de boleros y tangos, al bromista, al crítico ácido, a la leyenda. El maestro era un gran ser humano, excéntrico, de hablar pausado, de paciencia y generosidad con quienes empezábamos y no me fue difícil ser su compañero por las calles y auditorios de la ciudad. Esa misma noche a Mario le dio por entrar a tomarse unos aguardientes al bar Bochica, que esta ubicado justo en el primer piso del edificio donde teníamos la oficina del Festival. en plena carrera 23. Un sector no santo pasadas la nueve de la noche.

- Qué buenos tangos suenan, me dijo.

- Qué tal si nos tomamos un par de tragos antes de ir al hotel? Me preguntó.

Y yo, lleno de tontos prejuicios, le sugerí otros sitios de la ciudad propicios para el tango y el arrabal: Los Faroles o Reminiscencias, en fin, el caso era no dejarlo entrar en un sitio como “ese” según recomendaciones de los directores del Festival.

Nada lo hizo cambiar de idea entró y pidió una cerveza para él y un aguardiente para mí, nunca fui capaz de objetarle el trago de guaro y cambiarlo por mi preferido: el ron.

Esa noche sería inolvidable. No olvidaré el trato que nos dió, la forma en que atendía a nuestra mesera, la manera en que se burlaba de todo, la seriedad al hablar de Dios o de un ser superior o de la verdadera poesía, la tristeza al evocar a sus amigos que ya no estaban. Esa noche de octubre, en esa cantina terminaron acompañándonos grandes poetas como Gustavo Adolfo Garcés, Renata Durán, José Luis Garcés González y muchos otros que habían sido invitados al Festival ese año, todo porque la estrella era él y todos harían lo que sugiriera.

El licor corrió como corrieron las horas, las altas horas de la madrugada y yo, un iniciado poeta de Manizales, estaba escuchando y aprendiendo de uno de los mejores, gracias a mi buena estrella y al encargo de Flóbert Zapata al permitirme acompañar a Mario durante ese Festival .

Así lo conocí, así nació nuestra amistad. Así descubrí el hombre que era, al fabulador, al tierno ser que atendía por igual a coperas, a prostitutas y a damas de la alta sociedad colombiana, al cantante de tangos y al luchador y al inmenso poeta que había escrito uno de los libros más importantes del siglo XX en Colombia, su libro Poemas Urbanos. Entre tangos, putas, aguardientes y mucha poesía conocí al gran amigo que dejaré de ver.

Después tuvimos el placer de tenerlo tres o cuatro veces más en la ciudad. Ya para entonces Mario aceptaba invitaciones sólo de los amigos e iba únicamente a ciudades y países donde la poesía tuviera poder de convocatoria y donde lo esperaban sus cómplices. Nuestra ciudad fue una de ellas.

Fue honesto con sus amigos, generoso con los nuevos poetas, atento y coqueto con las mujeres que se le acercaban. Escuchó respetuoso a sus interlocutores y entre su prodigiosa memoria, su demoledor humor negro y sentido crítico respondía una tras otra las preguntas que le hacían.

Mario Rivero ha muerto. Ha partido el mejor poeta colombiano del momento. Nos dejó un hermoso testimonio de vida y de poesía, la misma que encontraba en los estertores de una tarde en el barrio La Candelaria donde residía, o en sus tangos y boleros, o en los ojos de cierta mujer, o en los débiles versos de poetas a punto de perder el equilibrio.

Por favor amigo Mario, convoca pronto a tus compañeros Héctor Rojas Erazo, Fernando Arbeláez, Aurelio Arturo, Jorge Gaitán Durán, reúnete con ellos, los poetas fundacionales del país, e invade la casa del bueno de Dios con el sonido de tus dados, con la alta poesía y con tu fino humor.

Paz para ti y eternidad a tus versos.

* Este texto fue publicado en 2009 en los periódicos Papel Salmón y Quehacer Cultural de la ciudad de Manizales.